in

Trump consolida a sus seguidores en torno a su reelección

El presidente elige Florida para oficializar su campaña, el estado clave para ganar la Casa Blanca

Érase un día «hermoso» y brillante en Orlando. «Como el de mi investidura», rememoró Donald Trump. Humm, aquel 20 de enero de 2016 el cielo descargaba agua sobre sus seguidores, como la tormenta que ayer interrumpió varias veces la retransmisión del lanzamiento oficial de su campaña de reelección en la cadena C-Span, cuyo presentador se disculpó profusamente por los gajes meteorológicos. Pero todo sea dicho, a los que hicieron cola durante dos días para verle no les importó.

Trump es su nuevo Dios. Ese que «ha hecho América más grande que nunca», les recordó el vicepresidente Mike Pence. «El que nunca se rinde, nunca se doblega, cree en ti y lucha por ti». Un presidente «como ninguno que haya visto en mi vida», lloró de emoción Doris, una californiana que llamó al canal. «¡Me alegro tanto de estar viva para poder ver esto! ¡Ni Reagan! ¡No hay precedente!».

Si dice que no llovió en su investidura, como si dice que fue la que más público atrajo de la historia. O que el muro ya está construido. «¡Imaginaros esas caravanas sin el muro y las barreras que hemos levantado! ¡Este país sería un desastre!». Los diseños, por cierto, son tan preciosos como el día. Y además, este muro, que ni ha empezado, es «más grande, más fuerte y más barato» que los tramos ya construidos por los gobiernos anteriores. Como el lema de «Make America Great» (Hacer Grande a América), «posiblemente el mejor en la historia política». Todo en superlativo, como a él le gusta. El sueño americano está de vuelta «mejor, más grande y más fuerte que nunca», declaró en el ejercicio de autoexaltación. «En estos dos años y medio he logrado más que ningún otro presidente en la historia», se ufanó. «¡Cuatro años más!», gritaba eufórico el público. «¡U-S-A!»

En algunas cosas tenía razón. La economía estadounidense está a punto de batir el récord de crecimiento de todos los tiempos y el desempleo es el más bajo del último medio siglo, aunque todos esos logros no empezasen con su gobierno, sino con el de Obama. Tal vez por eso sigue atacándole, porque aunque no se bata con él ni con su delfina, puede que sí lo haga con su vicepresidente Joe Biden y, de camino, con la sombra de un mandatario de la que no se ha podido librar en la comparación, porque muchos de quienes tratan ahora con él aún le recuerdan con añoranza. «¡Cuatro años más!», insistían los de la gorra roja del «Make America Great Again».

Sí, tiene razón, «esta vez será más fácil». Sus detractores «sólo entenderán un verdadero terremoto en las urnas, y lo van a ver», prometió. Muchos de los que respondieron ayer al llamado de C-Span para explicar por qué siguen a Trump admitieron que no se lo tomaron en serio hace cuatro años, cuando le vieron bajar por la escalera mecánica de la Torre Trump con la bella Melania del brazo, vestida de blanco –ayer, de amarillo, para eso estaban en Florida. Algunos, incluso, ni siquiera votaron por él, pero ahora que le han visto en acción, «¡lo que es capaz de hacer este hombre!», decían deslumbrados. «No ha habido nadie como él».

«Promesa hecha, promesa cumplida», repetía el vicepresidente. Este es el único mandatario que ha sido capaz de cumplir «lo que cuatro presidentes antes que él habían prometido, trasladar la embajada a Jerusalén». Es, también, como él alabó, el que más regulaciones ha desmontado, «un amigo de la libertad» que presumió de haberse salido de los acuerdos de París sobre el cambio climático nada más llegar al poder. «Pensé que me iban a dar caña con eso, pero no, fue muy fácil», vaciló, «como salirme del TPP» (acuerdo comercial de TransPacífico). Y desde entonces, «un tratado detrás de otro, no hemos parado de ganar. Y os vais a cansar de seguir ganando. «¡Cuatro años más!», coreaban.

Florida es la llave de la victoria, su segunda casa, que ayer consideró «casi la primera». Ningún presidente gana la presidencia sin este estado en el que Trump tiene ventaja tras haberse conquistado a los cubanoamericanos y venezolanos del exilio con sus ataques a los regímenes de los que huyeron. En casi un siglo, sólo Bill Clinton en 1992, gracias a la irrupción de un tercer candidato llamado Ross Perot, y John F. Kennedy, antes de que el exilio cubano pudiera votar, lograron llegar a la Casa Blanca sin el estado del sol y las palmeras en el que Trump compró su mansión de invierno. Como el sur de Florida ya lo tiene en el bolsillo, Orlando, donde los puertorriqueños pueden cobrarle los desprecios del huracán María, era la opción más inteligente para lanzar esta campaña. Las urnas dirán el 3 de noviembre del año próximo si este nuevo exilio, el primero del cambio climático en EEUU, es capaz de hacer de contrapeso electoral y desmontar a los que prometen «Seguir Haciendo Grande América».

What do you think?

0 points
Upvote Downvote

Comments

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Loading…

0

Comments

0 comments

Plástico biodegradable para marcar tumores de próstata

Boris Johnson quiere un ‘brexit’ con transición posterior